lunes, 8 de junio de 2020

DIARIO DE CUARENTENA. CAPÍTULO LXXXVI


DIARIO DE CUARENTENA
                  CAPÍTULO  LxxxVI


Lo primero es lo primero, o sea, que tengo que decirte querido diario, que Daniel, mi hijo mayor, ya lo sabes de sobra, se queda en su actual empresa. 

Ha negociado una subida de sueldo con su jefe, y aunque le van a pagar algo menos que en la otra, ha preferido quedarse.

¡Olé por mi hijo, que antepone los principios al dinero!

Pero aquí no queda el motivo de que a estas horas yo esté contento, qué digo contento, contentísimo.

Hoy, después de varias protestas por parte de empresarios de discotecas y lugares de ocio nocturno, han conseguido “regularizar su desescalada”.

No quepo en mí de gozo.

Ya sabemos todo de las discotecas y demás locales para diversión nocturna. ¡Ya era hora, hombre!

Sabemos horarios. Sabemos capacidad máxima. Sabemos cómo hay que poner las mesas. Sabemos que no se podrá bailar (aquí lloro desconsoladamente), o que habrá que bailar como el Holanda: sentados en sillas convenientemente separadas. Sabemos qué hay que hacer para ir al baño. Sabemos los decibelios permitidos (para que no se quejen los vecinos, faltaría más). Sabemos cuántas veces hay que desinfectar mesas y demás.

¡Hasta podríamos escribir siete docenas de libros con todo lo que sabemos!

Lo más triste de todo, ¿Te lo digo?

Ya sé que no hace falta decírtelo, pero por si acaso, lo digo y me acuesto y a dormir, que falta tengo.

Del próximo curso escolar NO sabemos nada.

Aquí ya mis lágrimas lo inundan todo.

Tendré que bajar a pedirle a un vecino una piragua que tiene en el trastero.

¡No sé de qué me extraño! Nos gobiernan inútiles que no saben ni preguntar.

Ahora que lo pienso, se parecen a un navegador que me regalaron hace muchos años, que cuando entraba en una rotonda me decía que tenía que darle una vuelta entera antes de salir de ella.
Igualitos.


Querido diario. Te voy a echar de menos. A partir de mañana ya no habrá más.
(No, el gobierno no tiene la culpa)


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