DIARIO DE CUARENTENA
CAPÍTULO LxxxVI
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Lo primero es lo
primero, o sea, que tengo que decirte querido diario, que Daniel, mi hijo
mayor, ya lo sabes de sobra, se queda en su actual empresa.
Ha negociado una subida de sueldo con su jefe, y aunque le van a pagar algo menos que en la otra, ha preferido quedarse.
¡Olé por mi hijo,
que antepone los principios al dinero!
Pero aquí no
queda el motivo de que a estas horas yo esté contento, qué digo contento,
contentísimo.
Hoy, después de
varias protestas por parte de empresarios de discotecas y lugares de ocio
nocturno, han conseguido “regularizar su desescalada”.
No quepo en mí
de gozo.
Ya sabemos todo
de las discotecas y demás locales para diversión nocturna. ¡Ya era hora,
hombre!
Sabemos
horarios. Sabemos capacidad máxima. Sabemos cómo hay que poner las mesas.
Sabemos que no se podrá bailar (aquí lloro desconsoladamente), o que habrá
que bailar como el Holanda: sentados en sillas convenientemente separadas.
Sabemos qué hay que hacer para ir al baño. Sabemos los decibelios permitidos
(para que no se quejen los vecinos, faltaría más). Sabemos cuántas veces hay
que desinfectar mesas y demás.
¡Hasta podríamos
escribir siete docenas de libros con todo lo que sabemos!
Lo más triste de
todo, ¿Te lo digo?
Ya sé que no
hace falta decírtelo, pero por si acaso, lo digo y me acuesto y a dormir, que
falta tengo.
Del próximo
curso escolar NO sabemos nada.
Aquí ya mis
lágrimas lo inundan todo.
Tendré que bajar
a pedirle a un vecino una piragua que tiene en el trastero.
¡No sé de qué me
extraño! Nos gobiernan inútiles que no saben ni preguntar.
Ahora que lo
pienso, se parecen a un navegador que me regalaron hace muchos años, que
cuando entraba en una rotonda me decía que tenía que darle una vuelta entera
antes de salir de ella.
Igualitos.
Querido diario.
Te voy a echar de menos. A partir de mañana ya no habrá más.
(No, el gobierno
no tiene la culpa)
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lunes, 8 de junio de 2020
DIARIO DE CUARENTENA. CAPÍTULO LXXXVI
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